En este museo al aire libre llamado Semana Santa de Sevilla hay un hueco dedicado para el oleo sobre lienzo del Martes Santo. Desde el arte más costumbrista del Cerro del Águila al Barroco más tardío en la madrugada de Santa Cruz. De la Bofetá renacentista en San Lorenzo al Gótico bajo las naves catedralicias inundadas de Buena Muerte. Del Mudejar de Los Javieres al neoclacisismo de La Sangre.

El Martes Santo es ese cuadro que Sevilla imaginó y solo Sevilla fue capaz de plasmar en el cielo azul de San Esteban. El milagro plasmado a cada golpe de pincel rozando la ojiva, mientras un mar celeste de capirotes no sabe si caminar o darse la vuelta con el corazón encogido. Desamparados ellos, que aun sabiendo que el llamado milagro no es más que el buen trabajo y el buen hacer de los que ponen el corazón en ser los pies de la Virgen, en su interior el suyo late por cien, ensanchando la piedra antigua y venciendo con Salud y Buen Viaje en el verdadero milagro de la Primavera cerquita de otra puerta: La de Carmona.

Hace apenas un cuarto de siglo que El Cerro se echa a la calle y conquista Sevilla, y ya no podríamos imaginar una Semana Santa sin ellos. El arte costumbrista en esencia. La Sevilla de los barrios que nace y muere como el azahar. A golpe de naranjo, llenando las calles de palomas blancas anunciadoras de un nuevo día. Dolores. ¿Como explicar que con tanto júbilo se espere a una Virgen de tan cruel advocación? Dolores. ¿Como le decimos al mundo que en este lejano barrio no pueden vivir sin Dolores? Pues vaya un Martes Santo antes del mediodía a las calles del Cerro y lo entenderá. Entenderá como Longinos entendió justo al darle la lanzada, y el barrio sea ese poema de lágrimas y sonrisas. Entenderá al ver eclipasar las penas y el sufrimiento, de la alegría desbordada y el sentimiento a flor de piel. terremoto de vecinas que despiden a sus titulares, mientras otras peregrinan y lo acompañan en el camino del Calvario. Entenderá entonces, que verdaderamente, en el Cerro son los hijos de Dios.

¿Puede existir la Buena Muerte? ¿Puede un hombre encontrar en la yacente madera tal silueta de amor y serenidad tras la expiración? ¿Como unas simples y mortales manos pudieron con la gubia tallar tal desbordante pasaje pasional como el pintor y su pincel advierten a traspasar el lienzo? Si alguna vez viste a Dios caminar, cada Martes Santo vemos a Dios morir. Como si nada. Todo está consumado. El rachear de los costaleros es una nana en el silencio de ruán en la tarde noche. Los vencejos mandan callar, el sol ya se esconde, Sevilla entera lo busca. Pero nadie lo despierta. ¿Para qué? Dejadlo descansar. ¿Acaso sabéis por lo que ha pasado? Lo prendieron y condenaron, lo apresaron y vejaron, lo flageralon y le hicieron cargar con su propia cruz. ¿Acaso merece más castigo? Dejadlo descansar, que así el rosa. Buena Muerte bajo la piedra gris del Rectorado. Así lo entendió Juan de Mesa al tallar al Cristo dormido de Los Estudiantes y así lo cuidó Sevilla de siglo en siglo.

Cuando el reloj marca la medianoche, un jardín se entrega a una reina. Candelaria en sus jardines, plasmando la sombra de fuego en el ancestral muro del Alcazar. Las tupidas enredaderas pelean por subir y ser las primeras en alcanzar la altura suficiente para verle la cara en su trono de azul y plata. Las bambalinas destiñen el cielo, la Giralda mira de reojo, las flores del jardín se abren a su paso, la noche cae a plomo donde Murillo tiene su nombre y no es capaz de pintar tanta hermosura. No cabe en un cuadro. No se puede. La muy Noble, Heróica e Invicta ciudad de Sevilla se rinde en su cuarto título. Al ver un palio de vuelta, dándole la espalda al mundo y caminando como si nada. Ahí Sevilla se redime y clava la rodilla. En el Dulce Nombre de sus calles, en la Candelaria del sol asomar entre las azoteas, en el desamparo del sueño imposible de esta maldita Semana Santa, en la Encarnación de saber que todo volverá.

Encarnación. ¿Quién fue capaz de tallar tanta pena en tu fino rostro? ¿Quién tuvo la valentía de dejarte así de dolorosa para toda la eternidad? ¿Por qué lloras, reina de la Calzá?  ¿Es por que al levantar la vista, tras esa línea de capirotes morados ves a tu hijo llenar de sangre el caliz de todos los cofrades? ¿No te consuelan los rezos? ¿No te calman las salves? ¿Ni siquiera el anuncio de un nuevo Martes Santo? ¿Le digo a los músicos que toquen más fuerte, a tus costaleros que te mezcan con más ternura y a tu barrio que te espere despierto?
No te preocupes, Palomita. Ese que va cabizbajo señalado por Pilato no es tu hijo. Somos nosotros. Somos nosotros los que agachamos la cabeza y seguimos adelante. Somos nosotros los que tragamos nuestra pena y nos reconfortamos en la llegada de una nueva aurora pintada de Domingo de Ramos. Somos nosotros los que buscamos un motivo y nos resignamos tal cruel castigo. Todo por la promesa de que volverás. Que volverá el púrpura a pintar las aceras de la Alfafa, que volverán las almas de ruan a colmar la calle Feria con el rachear dorado de la muerte en la cruz. Que la bofetá de realidad nos dará en cara cuando las puertas del Cerro se abran una vez más para no volver a cerrarse. Que la Salud tallada en nuestros anhelos ahondará en las viejas callejuelas donde la Santa Cruz mirará al cielo en busca de esa señal.

¿Lo ves, Encarnación? Deja que seque tus lágrimas. Que volveremos a pintar de morado un martes y presentarlo a Sevilla.


El oleo sobre lienzo de un Martes Santo en Sevilla



En este museo al aire libre llamado Semana Santa de Sevilla hay un hueco dedicado para el oleo sobre lienzo del Martes Santo. Desde el arte más costumbrista del Cerro del Águila al Barroco más tardío en la madrugada de Santa Cruz. De la Bofetá renacentista en San Lorenzo al Gótico bajo las naves catedralicias inundadas de Buena Muerte. Del Mudejar de Los Javieres al neoclacisismo de La Sangre.

El Martes Santo es ese cuadro que Sevilla imaginó y solo Sevilla fue capaz de plasmar en el cielo azul de San Esteban. El milagro plasmado a cada golpe de pincel rozando la ojiva, mientras un mar celeste de capirotes no sabe si caminar o darse la vuelta con el corazón encogido. Desamparados ellos, que aun sabiendo que el llamado milagro no es más que el buen trabajo y el buen hacer de los que ponen el corazón en ser los pies de la Virgen, en su interior el suyo late por cien, ensanchando la piedra antigua y venciendo con Salud y Buen Viaje en el verdadero milagro de la Primavera cerquita de otra puerta: La de Carmona.

Hace apenas un cuarto de siglo que El Cerro se echa a la calle y conquista Sevilla, y ya no podríamos imaginar una Semana Santa sin ellos. El arte costumbrista en esencia. La Sevilla de los barrios que nace y muere como el azahar. A golpe de naranjo, llenando las calles de palomas blancas anunciadoras de un nuevo día. Dolores. ¿Como explicar que con tanto júbilo se espere a una Virgen de tan cruel advocación? Dolores. ¿Como le decimos al mundo que en este lejano barrio no pueden vivir sin Dolores? Pues vaya un Martes Santo antes del mediodía a las calles del Cerro y lo entenderá. Entenderá como Longinos entendió justo al darle la lanzada, y el barrio sea ese poema de lágrimas y sonrisas. Entenderá al ver eclipasar las penas y el sufrimiento, de la alegría desbordada y el sentimiento a flor de piel. terremoto de vecinas que despiden a sus titulares, mientras otras peregrinan y lo acompañan en el camino del Calvario. Entenderá entonces, que verdaderamente, en el Cerro son los hijos de Dios.

¿Puede existir la Buena Muerte? ¿Puede un hombre encontrar en la yacente madera tal silueta de amor y serenidad tras la expiración? ¿Como unas simples y mortales manos pudieron con la gubia tallar tal desbordante pasaje pasional como el pintor y su pincel advierten a traspasar el lienzo? Si alguna vez viste a Dios caminar, cada Martes Santo vemos a Dios morir. Como si nada. Todo está consumado. El rachear de los costaleros es una nana en el silencio de ruán en la tarde noche. Los vencejos mandan callar, el sol ya se esconde, Sevilla entera lo busca. Pero nadie lo despierta. ¿Para qué? Dejadlo descansar. ¿Acaso sabéis por lo que ha pasado? Lo prendieron y condenaron, lo apresaron y vejaron, lo flageralon y le hicieron cargar con su propia cruz. ¿Acaso merece más castigo? Dejadlo descansar, que así el rosa. Buena Muerte bajo la piedra gris del Rectorado. Así lo entendió Juan de Mesa al tallar al Cristo dormido de Los Estudiantes y así lo cuidó Sevilla de siglo en siglo.

Cuando el reloj marca la medianoche, un jardín se entrega a una reina. Candelaria en sus jardines, plasmando la sombra de fuego en el ancestral muro del Alcazar. Las tupidas enredaderas pelean por subir y ser las primeras en alcanzar la altura suficiente para verle la cara en su trono de azul y plata. Las bambalinas destiñen el cielo, la Giralda mira de reojo, las flores del jardín se abren a su paso, la noche cae a plomo donde Murillo tiene su nombre y no es capaz de pintar tanta hermosura. No cabe en un cuadro. No se puede. La muy Noble, Heróica e Invicta ciudad de Sevilla se rinde en su cuarto título. Al ver un palio de vuelta, dándole la espalda al mundo y caminando como si nada. Ahí Sevilla se redime y clava la rodilla. En el Dulce Nombre de sus calles, en la Candelaria del sol asomar entre las azoteas, en el desamparo del sueño imposible de esta maldita Semana Santa, en la Encarnación de saber que todo volverá.

Encarnación. ¿Quién fue capaz de tallar tanta pena en tu fino rostro? ¿Quién tuvo la valentía de dejarte así de dolorosa para toda la eternidad? ¿Por qué lloras, reina de la Calzá?  ¿Es por que al levantar la vista, tras esa línea de capirotes morados ves a tu hijo llenar de sangre el caliz de todos los cofrades? ¿No te consuelan los rezos? ¿No te calman las salves? ¿Ni siquiera el anuncio de un nuevo Martes Santo? ¿Le digo a los músicos que toquen más fuerte, a tus costaleros que te mezcan con más ternura y a tu barrio que te espere despierto?
No te preocupes, Palomita. Ese que va cabizbajo señalado por Pilato no es tu hijo. Somos nosotros. Somos nosotros los que agachamos la cabeza y seguimos adelante. Somos nosotros los que tragamos nuestra pena y nos reconfortamos en la llegada de una nueva aurora pintada de Domingo de Ramos. Somos nosotros los que buscamos un motivo y nos resignamos tal cruel castigo. Todo por la promesa de que volverás. Que volverá el púrpura a pintar las aceras de la Alfafa, que volverán las almas de ruan a colmar la calle Feria con el rachear dorado de la muerte en la cruz. Que la bofetá de realidad nos dará en cara cuando las puertas del Cerro se abran una vez más para no volver a cerrarse. Que la Salud tallada en nuestros anhelos ahondará en las viejas callejuelas donde la Santa Cruz mirará al cielo en busca de esa señal.

¿Lo ves, Encarnación? Deja que seque tus lágrimas. Que volveremos a pintar de morado un martes y presentarlo a Sevilla.