Anoche tuve un sueño. Era Domingo de Ramos.

Desperté entre puro nervio como el niño que se despierta tras la noche de Reyes y el sol me hizo entrecerrar los ojos al abrir la persiana. El ritmo del segundero en el reloj me parecía más lento que de costumbre. ¿No podía ir más deprisa? Parecía tan real que todo me sabía a la alegría del reencuentro. Me puse mis mejores galas, me guardé El Llamador y los auriculares en los bolsillos de la chaqueta, me puse mis mejores zapatos y salí a la calle.
De pronto, mi cuerpo se alzó y aparecí sobrevolando las copas de los árboles del Parque de Maria Luisa. Un río de capirotes y capas blancas formaban una línea perfecta desde la Plaza de España hasta las cercanas calles del barrio de El Porvenir. De pronto, y como un soplo de brisa de primavera, el eco de unos tambores me ayudó a adivinar que el paso de Nuestro Padre Jesús de la Victoria se acercaba. El sol se reflejaba en la canastilla como una bola de fuego que se abría paso entre la multitud a los sones de Presentado a Sevilla. Era Domingo de Ramos.

Cerré los ojos. Y al volver a abrirlos me sentí pequeño. Miraba desde detrás de un antifaz y en mi mano derecha llevaba una palma rizada que me sacaba algunas cuartas de altura. A mi lado, mi madre me cogía de la mano mientras bajábamos la rampa de El Salvador. La gente que allí se agolpaba me miraba y sonreía al verme, tan pequeño y con tanta ilusión. Era un niño que, delante de la Borriquita salía por primera vez y daba sus primeros pasos como nazareno. Con su madre orgullosa, sus abuelos saludandome desde la bulla de la plaza y gastando los caramelos antes de llegar a la calle Cuna. Todo se hizo silencio y pude escuchar el tintineo de unas campanillas después del sonar del martillo en el interior de la iglesia. Era Domingo de Ramos.

Sin darme cuenta, abandoné al niño y de nuevo sobrevolaba los tejados de Sevilla. La brisa me llevó de un soplo como si fuera una nube a la Encarnación. Miré abajo y la trompetería de Cigarreras empujaba el misterio de la Sagrada Cena entre una multitud de gente que se agolpaba en las escaleras de Las Setas, bajo los árboles de la plaza, en la Puerta de la Anunciación, en toca la calle Laraña y desde Imagen a San Pedro. Me acerqué como un globo de los que venden y me senté en una de las bancas del paso, junto a los apóstoles que miraban con nerviosismo e intriga a Jesús, quién acababa de comunicar que tras esa última cena, uno de ellos lo traicionaría. Judas, de espaldas, se guardaba a escondidas de las miradas de desconfianza el pago ya cobrado por tal traición. Era Domingo de Ramos.

De nuevo, en un abrir y cerrar de ojos todo cambió a mi alrededor. Aparecí en un balcón de la calle San Jacinto, toda repleta de gente, sin un hueco hasta donde mi vista podía alcanzar. Una bulla que se hizo silencio al sonar del martillo. El paso de Nuestro Padre Jesús de las Penas se alzaba en el interior de la capilla y muy despacio comenzaba a recibir los primeros rayos de sol en la cara, mientras la gente ya no podía aguantarse más y al primer sonar de la corneta todo explotó en júbilo y alegría con el izquierdo por delante del paso. Era La Estrella. Era Triana. Era Domingo de Ramos.

La tarde ya caía cuando por la Puerta de El Arenal, trompetas de Virgen de Los Reyes me sacarón del ensimismamiento en el que entré al quedarme embobado viendo el atardecer al otro lado del río. El misterio de Jesús Despojado aparecía en la calle Adriano cuando sobrevolando crucé el Postigo me senté encima de las bóvedas de la Catedral y ví como el palio de La Hiniesta reviraba en busca de la calle Alemanes a los sones de Estrella Sublime. La gente se movía por Placentines hasta la plaza y se hizo de noche mirando el discurrir de los nazarenos por la cuesta mientras la Virgen de Gracia y Esperanza venía por los Palcos entre una bulla de capirotes verdes. Era Domingo de Ramos.

Llegó la medianoche y me convertí en una nube de incienso. En la lejanía escuchaba el eco de tambores que rompían el silencio blanco de la noche. La plaza del Salvador estaba llena de miradas que buscaban la mirada del señor. La misma mirada que Herodes dedicaba desde la trasera del paso, sentado en su trono, receloso del hombre al que había vestido de blanco y tomó por loco. Tres Caidas comenzó a tocar al comienzo de la revirá y me pareció ver que hasta al romano se le puso la piel de gallina en aquel momento. Era Domingo de Ramos.

Y entonces desperté.

Desperté y el sueño se cumplió. Era Domingo de Ramos. Me levanté nervioso y encendí la radio. La Paz estaba saliendo, aunque era una reposición del año pasado. En pijama me senté en el sofá y al poner la tele, el primer nazareno de La Borriquita estaba pidiendo la venia en la Campana. Puse incienso y el vecino hizo sonar por la ventana la marcha Amarguras. Y es que, sea o no Domingo de Ramos, el cofrade goza o sufre una locura que le hace vivir el día que quiera cuando quiera. Esa Semana Santa que a veces dura una semana y otras, toda la vida.  Ya sea en la calle o en el pasillo, en una bulla o en la soledad del dormitorio, en diferido o en riguroso directo. Hoy es Domingo de Ramos. Y en menos de un año volverá a serlo. ¿Porque qué es la Semana Santa si no el sueño de un sevillano?

Anoche tuve un sueño. Era Domingo de Ramos




Anoche tuve un sueño. Era Domingo de Ramos.

Desperté entre puro nervio como el niño que se despierta tras la noche de Reyes y el sol me hizo entrecerrar los ojos al abrir la persiana. El ritmo del segundero en el reloj me parecía más lento que de costumbre. ¿No podía ir más deprisa? Parecía tan real que todo me sabía a la alegría del reencuentro. Me puse mis mejores galas, me guardé El Llamador y los auriculares en los bolsillos de la chaqueta, me puse mis mejores zapatos y salí a la calle.
De pronto, mi cuerpo se alzó y aparecí sobrevolando las copas de los árboles del Parque de Maria Luisa. Un río de capirotes y capas blancas formaban una línea perfecta desde la Plaza de España hasta las cercanas calles del barrio de El Porvenir. De pronto, y como un soplo de brisa de primavera, el eco de unos tambores me ayudó a adivinar que el paso de Nuestro Padre Jesús de la Victoria se acercaba. El sol se reflejaba en la canastilla como una bola de fuego que se abría paso entre la multitud a los sones de Presentado a Sevilla. Era Domingo de Ramos.

Cerré los ojos. Y al volver a abrirlos me sentí pequeño. Miraba desde detrás de un antifaz y en mi mano derecha llevaba una palma rizada que me sacaba algunas cuartas de altura. A mi lado, mi madre me cogía de la mano mientras bajábamos la rampa de El Salvador. La gente que allí se agolpaba me miraba y sonreía al verme, tan pequeño y con tanta ilusión. Era un niño que, delante de la Borriquita salía por primera vez y daba sus primeros pasos como nazareno. Con su madre orgullosa, sus abuelos saludandome desde la bulla de la plaza y gastando los caramelos antes de llegar a la calle Cuna. Todo se hizo silencio y pude escuchar el tintineo de unas campanillas después del sonar del martillo en el interior de la iglesia. Era Domingo de Ramos.

Sin darme cuenta, abandoné al niño y de nuevo sobrevolaba los tejados de Sevilla. La brisa me llevó de un soplo como si fuera una nube a la Encarnación. Miré abajo y la trompetería de Cigarreras empujaba el misterio de la Sagrada Cena entre una multitud de gente que se agolpaba en las escaleras de Las Setas, bajo los árboles de la plaza, en la Puerta de la Anunciación, en toca la calle Laraña y desde Imagen a San Pedro. Me acerqué como un globo de los que venden y me senté en una de las bancas del paso, junto a los apóstoles que miraban con nerviosismo e intriga a Jesús, quién acababa de comunicar que tras esa última cena, uno de ellos lo traicionaría. Judas, de espaldas, se guardaba a escondidas de las miradas de desconfianza el pago ya cobrado por tal traición. Era Domingo de Ramos.

De nuevo, en un abrir y cerrar de ojos todo cambió a mi alrededor. Aparecí en un balcón de la calle San Jacinto, toda repleta de gente, sin un hueco hasta donde mi vista podía alcanzar. Una bulla que se hizo silencio al sonar del martillo. El paso de Nuestro Padre Jesús de las Penas se alzaba en el interior de la capilla y muy despacio comenzaba a recibir los primeros rayos de sol en la cara, mientras la gente ya no podía aguantarse más y al primer sonar de la corneta todo explotó en júbilo y alegría con el izquierdo por delante del paso. Era La Estrella. Era Triana. Era Domingo de Ramos.

La tarde ya caía cuando por la Puerta de El Arenal, trompetas de Virgen de Los Reyes me sacarón del ensimismamiento en el que entré al quedarme embobado viendo el atardecer al otro lado del río. El misterio de Jesús Despojado aparecía en la calle Adriano cuando sobrevolando crucé el Postigo me senté encima de las bóvedas de la Catedral y ví como el palio de La Hiniesta reviraba en busca de la calle Alemanes a los sones de Estrella Sublime. La gente se movía por Placentines hasta la plaza y se hizo de noche mirando el discurrir de los nazarenos por la cuesta mientras la Virgen de Gracia y Esperanza venía por los Palcos entre una bulla de capirotes verdes. Era Domingo de Ramos.

Llegó la medianoche y me convertí en una nube de incienso. En la lejanía escuchaba el eco de tambores que rompían el silencio blanco de la noche. La plaza del Salvador estaba llena de miradas que buscaban la mirada del señor. La misma mirada que Herodes dedicaba desde la trasera del paso, sentado en su trono, receloso del hombre al que había vestido de blanco y tomó por loco. Tres Caidas comenzó a tocar al comienzo de la revirá y me pareció ver que hasta al romano se le puso la piel de gallina en aquel momento. Era Domingo de Ramos.

Y entonces desperté.

Desperté y el sueño se cumplió. Era Domingo de Ramos. Me levanté nervioso y encendí la radio. La Paz estaba saliendo, aunque era una reposición del año pasado. En pijama me senté en el sofá y al poner la tele, el primer nazareno de La Borriquita estaba pidiendo la venia en la Campana. Puse incienso y el vecino hizo sonar por la ventana la marcha Amarguras. Y es que, sea o no Domingo de Ramos, el cofrade goza o sufre una locura que le hace vivir el día que quiera cuando quiera. Esa Semana Santa que a veces dura una semana y otras, toda la vida.  Ya sea en la calle o en el pasillo, en una bulla o en la soledad del dormitorio, en diferido o en riguroso directo. Hoy es Domingo de Ramos. Y en menos de un año volverá a serlo. ¿Porque qué es la Semana Santa si no el sueño de un sevillano?