Si de algo sirven este tipo de traslados es para redescubrir aquellas imágenes que por un motivo u otro hemos ido olvidando, y el Señor de la Salud de Los Gitanos lo necesitaba. El traslado del Via-Crucis lleva años tomando cierto sabor a Semana Santa por la afluencia de público y medios que retransmiten su discurrir por las calles sevillanas, pero sin el nerviosismo y es estrés de la semana grande, sin retrasos, sin prisas... Había ganas de Semana Santa y una vez más Sevilla lo demostró. Eran apenas las cuatro y media de la tarde cuando el cortejo comenzaba a salir del Santuario cercano a María Auxiliadora y ya había gente en la plaza. A media tarde, a su paso por la zona de Santa Catalina ya había gente en la calle. En la Encarnación la gente se agolpaba en las escaleras de las Setas, improvisados palcos como si de un Domingo de Ramos se tratase y eran mareas de gente las que venían desde Puente y Pellón para buscar una Plaza del Salvador que ya aguardaba la llegada del Señor cuando éste ni siquiera había llegado a la Encarnación. La gente. La gente que llenaba la calle Cuna, que esperaba en la Plaza de San Francisco bajo los naranjos en los que ya se pueden ver los carteles de "prohibido aparcar. Motivo: colocación de palcos". La gente que llenaba la plaza Virgen de los Reyes y que colmaba el interior de la Catedral, con la cruz de guía bajando desde Alemanes y ya todas las bancas llenas de gente. Que sería de Sevilla sin su gente. Sin esa gente que en plena crisis por la propagación del Coronavirus se echó a la calle sin miedo y por un motivo mayor: la Salud. La salud del cristo moreno que andaba despacio, con calma, sin las prisas de la Madrugá, impasivo con la cruz a cuestas y con la túnica bordada cuyo color dorado contrasta con el de su piel morena de gitano. ¿Acaso Sevilla ayer no buscó la salud aunque para medio mundo sería una temeridad? Aquí nos entendemos así.

Si de algo sirven este tipo de traslados es para descubrir otra Semana Santa. La del silencio en El Salvador al paso del señor como si lo que estuviera pasando fuera la hermandad de El Amor bajando la rampa en la tarde noche del Domingo de Ramos. Ni en ese momento hay tanto silencio y respeto como hubo en aquel instante. La gente agolpada, mirando, rezando, pensando, disfrutando de un ambiente perdido en Semana Santa. Si la OMS ve alguna de las fotos que ya circulan por redes sociales por la algarabía de gente que llenaba las calles, le da algo.

Tras el Via-Crucis en la Catedral, camino de vuelta a casa sin marchas de su agrupación, sin bulerías ni alegrías gitanas, solo con ese andar perdido y lejos de lo "normal" en Semana Santa. Un discurrir de otro tiempo, con sabor a calles antiguas del barrio de Santa Cruz por la que el señor buscó su antigua casa: la iglesia de San Nicolás, con el otro cristo de la Salud que tomara su nombre por la fuerte devoción que dejara el "Manué" y que necesitaba de otro Cristo de la Salud que en la actualidad se llena de manera desbordante a los piés de la Candelaria. Ya era noche cerrada cuando el cortejo callejeó buscanso su casa, por las calles milenarias de la Plaza de San Leandro, al filo de la medianoche, en silencio, sin prisas, con algo de retraso que no se llega a comprender del todo sobre todo por las casi 500 personas que conformaban el cortejo y que hoy, junto a la escolanía que hacía de avanzadilla del Señor, a buen seguro se habrán levantado temprano con los párpados rojos pero la sonrisa de haber disfrutado. Antes de llegar a casa, parada de rigor en la que otrora sí que lo fuera. San Román, en cuya plaza durante muchos años cada madrugá era un sin fín de alegrías y algaravía esperando la salida de los titulares de Los Gitanos, anoche reposaba tranquila, casi dormida, sonriendo al ver a su hijo pasar de nuevo por delante de su fachada ahora casi olvidada.

Sobrepasaba el reloj la una de la madrugada cuando la puerta del Santuario volvía a cerrarse, despidiendo un día que la hermandad de Los Gitanos tardará en olvidar y que la lluvia le había impedido disfrutar algunos años antes. Lejos de las prisas de la Madrigá, Los Gitanos aprovechó su momento para dar una enseñanza de andar en la calle, colocando en el foco al Señor y dándole todo el protagonismo a una imagen que a veces se nos olvida y otros obvian por el lógico cansancio de la noche más hermosa del año. Ayer Sevilla lo buscó y lo encontró. Por que él es Salud. Lo más importante.

Fotografía: Salvador López Medina / @SalvaLpezMedina

Salud, que es lo más importante


Si de algo sirven este tipo de traslados es para redescubrir aquellas imágenes que por un motivo u otro hemos ido olvidando, y el Señor de la Salud de Los Gitanos lo necesitaba. El traslado del Via-Crucis lleva años tomando cierto sabor a Semana Santa por la afluencia de público y medios que retransmiten su discurrir por las calles sevillanas, pero sin el nerviosismo y es estrés de la semana grande, sin retrasos, sin prisas... Había ganas de Semana Santa y una vez más Sevilla lo demostró. Eran apenas las cuatro y media de la tarde cuando el cortejo comenzaba a salir del Santuario cercano a María Auxiliadora y ya había gente en la plaza. A media tarde, a su paso por la zona de Santa Catalina ya había gente en la calle. En la Encarnación la gente se agolpaba en las escaleras de las Setas, improvisados palcos como si de un Domingo de Ramos se tratase y eran mareas de gente las que venían desde Puente y Pellón para buscar una Plaza del Salvador que ya aguardaba la llegada del Señor cuando éste ni siquiera había llegado a la Encarnación. La gente. La gente que llenaba la calle Cuna, que esperaba en la Plaza de San Francisco bajo los naranjos en los que ya se pueden ver los carteles de "prohibido aparcar. Motivo: colocación de palcos". La gente que llenaba la plaza Virgen de los Reyes y que colmaba el interior de la Catedral, con la cruz de guía bajando desde Alemanes y ya todas las bancas llenas de gente. Que sería de Sevilla sin su gente. Sin esa gente que en plena crisis por la propagación del Coronavirus se echó a la calle sin miedo y por un motivo mayor: la Salud. La salud del cristo moreno que andaba despacio, con calma, sin las prisas de la Madrugá, impasivo con la cruz a cuestas y con la túnica bordada cuyo color dorado contrasta con el de su piel morena de gitano. ¿Acaso Sevilla ayer no buscó la salud aunque para medio mundo sería una temeridad? Aquí nos entendemos así.

Si de algo sirven este tipo de traslados es para descubrir otra Semana Santa. La del silencio en El Salvador al paso del señor como si lo que estuviera pasando fuera la hermandad de El Amor bajando la rampa en la tarde noche del Domingo de Ramos. Ni en ese momento hay tanto silencio y respeto como hubo en aquel instante. La gente agolpada, mirando, rezando, pensando, disfrutando de un ambiente perdido en Semana Santa. Si la OMS ve alguna de las fotos que ya circulan por redes sociales por la algarabía de gente que llenaba las calles, le da algo.

Tras el Via-Crucis en la Catedral, camino de vuelta a casa sin marchas de su agrupación, sin bulerías ni alegrías gitanas, solo con ese andar perdido y lejos de lo "normal" en Semana Santa. Un discurrir de otro tiempo, con sabor a calles antiguas del barrio de Santa Cruz por la que el señor buscó su antigua casa: la iglesia de San Nicolás, con el otro cristo de la Salud que tomara su nombre por la fuerte devoción que dejara el "Manué" y que necesitaba de otro Cristo de la Salud que en la actualidad se llena de manera desbordante a los piés de la Candelaria. Ya era noche cerrada cuando el cortejo callejeó buscanso su casa, por las calles milenarias de la Plaza de San Leandro, al filo de la medianoche, en silencio, sin prisas, con algo de retraso que no se llega a comprender del todo sobre todo por las casi 500 personas que conformaban el cortejo y que hoy, junto a la escolanía que hacía de avanzadilla del Señor, a buen seguro se habrán levantado temprano con los párpados rojos pero la sonrisa de haber disfrutado. Antes de llegar a casa, parada de rigor en la que otrora sí que lo fuera. San Román, en cuya plaza durante muchos años cada madrugá era un sin fín de alegrías y algaravía esperando la salida de los titulares de Los Gitanos, anoche reposaba tranquila, casi dormida, sonriendo al ver a su hijo pasar de nuevo por delante de su fachada ahora casi olvidada.

Sobrepasaba el reloj la una de la madrugada cuando la puerta del Santuario volvía a cerrarse, despidiendo un día que la hermandad de Los Gitanos tardará en olvidar y que la lluvia le había impedido disfrutar algunos años antes. Lejos de las prisas de la Madrigá, Los Gitanos aprovechó su momento para dar una enseñanza de andar en la calle, colocando en el foco al Señor y dándole todo el protagonismo a una imagen que a veces se nos olvida y otros obvian por el lógico cansancio de la noche más hermosa del año. Ayer Sevilla lo buscó y lo encontró. Por que él es Salud. Lo más importante.

Fotografía: Salvador López Medina / @SalvaLpezMedina